martes, 15 de marzo de 2016

Uso de la palabra

Lee el siguiente relato y contesta:

1. ¿Cuántos personajes detectas en el cuento? 

2. ¿Qué lugar y tiempo crees que es?

3. ¿Cuál es la intención del autor al describir este relato?

Nos han dado la tierra

[Cuento. Texto completo.]

Juan Rulfo


Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:

-Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: "Somos cuatro". Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.
Faustino dice:

-Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: "Puede que sí".
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con "la 30" amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.
Nos dijeron:

-Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos:

-¿El Llano?

- Sí, el llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

-Es que el llano, señor delegado...

-Son miles y miles de yuntas.

-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
-¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.

- Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.

- Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.

- Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano... No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos...
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.
Melitón dice:

-Esta es la tierra que nos han dado.
Faustino dice:

-¿Qué?
Yo no digo nada. Yo pienso: "Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos."
Melitón vuelve a decir:

-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.

-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.
Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:

-Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?

-Es la mía- dice él.

-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?

-No la merqué, es la gallina de mi corral.

-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?

-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.

-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:

-Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no golpearle la cabeza contra las piedras.
Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.
Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.
Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.
Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.

-¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está allá arriba.

martes, 1 de marzo de 2016

Vicios de dicción


Vicios de dicción from Gabriel Ugalde Ruiz

Revisa la siguiente presentación y escribe en tu libreta un ejemplo de cada uno de los vicios de dicción que se muestran.  

martes, 23 de febrero de 2016

Actividad 1. Lee el siguiente cuento y resuelve en tu libreta el cuestionario que se encuentra al final.



El Cuento (Kim Fupz Äkeson, traducción de Eva Liébana Macho)
Esto es un Papá que está en la habitación de su hijo. Es de noche y le va a contar un cuento antes de que se duerma. Viven en una casa adosada en Copenhague.
—Había dos elefantes, justo donde empieza la jungla, en un lugar de África. En el Congo. Están a la sombra, viendo cómo pasa el tiempo.
—¿Y luego qué pasó? — pregunta el niño.
Le gustaba la palabra Congo, le suena a marrón y a calor.
—Uno de los elefantes se llama Conrado y el otro, Pequeño N. Conrado le está contando a Pequeño N una historia de mentiras, de esas que tanto gustan a los elefantes.
A Papá le parece oír un ruido en el salón y de pronto se para. Pero no será nada…
—Cuéntame más —dice el niño, impaciente.
—Venga, sigue contando —dice Pequeño N,
Dándole un empujoncito a Conrado—. No pares.
—Deja que me invente lo que sigue —contesta Conrado, que parece ver cómo algo se mueve en la espesura.
Pero no será nada…
—¿Por dónde iba?
—Por ningún sitio —contesta Pequeño N—, acabas de empezar. Era sobre un padre y un niño, y el padre le iba a contar un cuento al niño antes de que se durmiera.
—Es verdad. —Conrado se rasca con la trompa y continúa—: El niño preguntó: «¿Y luego qué pasó?».
—Copenhague… —Pequeño N saborea la palabra.
Y Papá ya no piensa en el ruido del salón, cuenta que, mientras los elefantes están en lo del cuento, un famoso cazador se acerca sigilosamente con un fusil.
—Ay, no, ¿es un cuento de esos que te dan miedo? —quiere saber Pequeño N, y siente un escalofrío por lo del ruido en el salón.
—Que no, que no, simplemente es sobre un padre y su hijo —contesta Conrado— y sobre el cuento que el padre le cuenta a su hijo antes de que se duerma.
—Pero ¿qué pasa con el cazador? —pregunta el niño a su padre—. Da un poco de miedo lo del cazador y su fusil.
—Eso, el cazador —dice Papá—. Se va acercando cada vez más. Está buscando balas para el fusil, y los elefantes no hacen más que hablar y no se dan cuenta.
—No me gustan los cuentos de cazadores —dice Pequeño N a Conrado.
—Tranquilo. —Conrado mueve sus grandes orejas para calmarlo—. En mi cuento no hay cazadores, pero un poco de miedo sí da, porque el niño y su padre están tan distraídos con lo del cuento que ninguno de los dos se da cuenta de que un ladrón se ha metido en la casa.
—Ay, parece que es de miedo—dice Pequeño N y se arrima más a Conrado.
El niño no dice nada pero le coge la mano a su padre.
—Tiene que asustar un poco—insiste Papá. Y no oye al ladrón que ahora está vaciando el cajón de la cubertería de plata en el salón,
Despacito, una tras otra, va metiendo las cucharas en el saco que lleva.
—¡Qué miedo! —dice el niño.
Conrado dice:
—Pero de repente el ladrón oye un poco de lo que se está contando en el cuarto, eso de que el cazador va introduciendo las balas, despacito, una tras otra, en el fusil.
Cuenta Papá:
—Pero de repente el cazador oye un poco del cuento que se está contando, eso de que el ladrón se queda escuchando en lugar de salir corriendo con la cubertería.
Y mientras Conrado sigue contando lo del ladrón, el cazador no dispara porque quiere saber cómo termina la historia.
Y mientras Papá sigue contando lo de los elefantes, el ladrón no sale corriendo porque quiere saber si el cazador mata a los elefantes.
Y el cazador quiere saber si el ladrón se entera de que mata a los elefantes.
Y el ladrón quiere saber si el cazador se entera de que se escapa con la cubertería de plata.
De repente, la historia le hace al ladrón pensar en su padre, que fue cazador y siempre faltaba de casa cuando el ladrón era pequeño. Piensa en lo mucho que echa de menos a su padre.
De repente, el cazador piensa en su hijo. Nunca había tenido tiempo para estar con él y que parece ser que terminó siendo bastante malo, uno de los que se introducen en las casas de los demás y les roban la cubertería de plata. Y eso que de pequeño era muy bueno…
—¿Entonces qué hizo? —pregunta el niño, refiriéndose al cazador.
Continúa Conrado:
—Al final, el ladrón dejó caer el saco con toda la cubertería de plata, se deslizó hasta la ventana por la que había entrado y se perdió en la obscuridad de la noche.
Papá continúa:
—Finalmente, el cazador se puso tan triste que dejó caer el fusil en la maleza y se apartó de los dos elefantes, metiéndose en la jungla.
En el suelo se ha quedado el saco con la cubertería de plata. En la maleza hay un fusil cargado. En Copenhague. En el Congo.
—¿Qué pasó después?
—A lo mejor ahora se están buscando, quizás un ladrón esté buscando a un cazador y un cazador a un ladrón y, si seguimos contando, es posible que se encuentren.
—¿Tú crees? —pregunta el niño,
—¿Tú crees? —pregunta Pequeño N.
—En un cuento puede pasar todo. Ninguno de los dos se da cuenta de quién contesta, Papá o Conrado.

¿Quién es el narrador?
¿Quién escucha el cuento?
¿Cuántos son los personajes del cuento?
 

martes, 16 de febrero de 2016

Bienvenidos al curso de Proyectos institucionales 2

Bienvenidos.
Este espacio es un canal de comunicación entre docente y alumnos, en el cual se compartirán lecturas, actividades, videos, etc. del curso Proyectos institucionales 2.