El Cuento (Kim Fupz
Äkeson, traducción de Eva Liébana Macho)
Esto es un Papá que está en la habitación de su hijo. Es de
noche y le va a contar un cuento antes de que se duerma. Viven en una casa
adosada en Copenhague.
—Había dos elefantes, justo donde empieza la jungla, en un
lugar de África. En el Congo. Están a la sombra, viendo cómo pasa el tiempo.
—¿Y luego qué pasó? — pregunta el niño.
Le gustaba la palabra Congo, le suena a marrón y a calor.
—Uno de los elefantes se llama Conrado y el otro, Pequeño N.
Conrado le está contando a Pequeño N una historia de mentiras, de esas que
tanto gustan a los elefantes.
A Papá le parece oír un ruido en el salón y de pronto se
para. Pero no será nada…
—Cuéntame más —dice el niño, impaciente.
—Venga, sigue contando —dice Pequeño N,
Dándole un empujoncito a Conrado—. No pares.
—Deja que me invente lo que sigue —contesta Conrado, que
parece ver cómo algo se mueve en la espesura.
Pero no será nada…
—¿Por dónde iba?
—Por ningún sitio —contesta Pequeño N—, acabas de empezar.
Era sobre un padre y un niño, y el padre le iba a contar un cuento al niño
antes de que se durmiera.
—Es verdad. —Conrado se rasca con la trompa y continúa—: El
niño preguntó: «¿Y luego qué pasó?».
—Copenhague… —Pequeño N saborea la palabra.
Y Papá ya no piensa en el ruido del salón, cuenta que,
mientras los elefantes están en lo del cuento, un famoso cazador se acerca
sigilosamente con un fusil.
—Ay, no, ¿es un cuento de esos que te dan miedo? —quiere
saber Pequeño N, y siente un escalofrío por lo del ruido en el salón.
—Que no, que no, simplemente es sobre un padre y su hijo
—contesta Conrado— y sobre el cuento que el padre le cuenta a su hijo antes de
que se duerma.
—Pero ¿qué pasa con el cazador? —pregunta el niño a su
padre—. Da un poco de miedo lo del cazador y su fusil.
—Eso, el cazador —dice Papá—. Se va acercando cada vez más.
Está buscando balas para el fusil, y los elefantes no hacen más que hablar y no
se dan cuenta.
—No me gustan los cuentos de cazadores —dice Pequeño N a
Conrado.
—Tranquilo. —Conrado mueve sus grandes orejas para
calmarlo—. En mi cuento no hay cazadores, pero un poco de miedo sí da, porque
el niño y su padre están tan distraídos con lo del cuento que ninguno de los
dos se da cuenta de que un ladrón se ha metido en la casa.
—Ay, parece que es de miedo—dice Pequeño N y se arrima más a
Conrado.
El niño no dice nada pero le coge la mano a su padre.
—Tiene que asustar un poco—insiste Papá. Y no oye al ladrón
que ahora está vaciando el cajón de la cubertería de plata en el salón,
Despacito, una tras otra, va metiendo las cucharas en el
saco que lleva.
—¡Qué miedo! —dice el niño.
Conrado dice:
—Pero de repente el ladrón oye un poco de lo que se está
contando en el cuarto, eso de que el cazador va introduciendo las balas,
despacito, una tras otra, en el fusil.
Cuenta Papá:
—Pero de repente el cazador oye un poco del cuento que se
está contando, eso de que el ladrón se queda escuchando en lugar de salir corriendo
con la cubertería.
Y mientras Conrado sigue contando lo del ladrón, el cazador
no dispara porque quiere saber cómo termina la historia.
Y mientras Papá sigue contando lo de los elefantes, el
ladrón no sale corriendo porque quiere saber si el cazador mata a los
elefantes.
Y el cazador quiere saber si el ladrón se entera de que mata
a los elefantes.
Y el ladrón quiere saber si el cazador se entera de que se
escapa con la cubertería de plata.
De repente, la historia le hace al ladrón pensar en su
padre, que fue cazador y siempre faltaba de casa cuando el ladrón era pequeño.
Piensa en lo mucho que echa de menos a su padre.
De repente, el cazador piensa en su hijo. Nunca había tenido
tiempo para estar con él y que parece ser que terminó siendo bastante malo, uno
de los que se introducen en las casas de los demás y les roban la cubertería de
plata. Y eso que de pequeño era muy bueno…
—¿Entonces qué hizo? —pregunta el niño, refiriéndose al
cazador.
Continúa Conrado:
—Al final, el ladrón dejó caer el saco con toda la
cubertería de plata, se deslizó hasta la ventana por la que había entrado y se
perdió en la obscuridad de la noche.
Papá continúa:
—Finalmente, el cazador se puso tan triste que dejó caer el
fusil en la maleza y se apartó de los dos elefantes, metiéndose en la jungla.
En el suelo se ha quedado el saco con la cubertería de
plata. En la maleza hay un fusil cargado. En Copenhague. En el Congo.
—¿Qué pasó después?
—A lo mejor ahora se están buscando, quizás un ladrón esté
buscando a un cazador y un cazador a un ladrón y, si seguimos contando, es posible
que se encuentren.
—¿Tú crees? —pregunta el niño,
—¿Tú crees? —pregunta Pequeño N.
—En un cuento puede pasar todo. Ninguno de los dos se da cuenta
de quién contesta, Papá o Conrado.
¿Quién es el narrador?
¿Quién escucha el cuento?
¿Cuántos son los personajes del cuento?
No hay comentarios:
Publicar un comentario